"Se puede matar el tiempo de numerosas formas, pero todo depende de la clase de tiempo que tenga uno que matar. Hay tiempos inasesinables, inmortales. En cuanto me ponía a hacer una cosa, siempre tenía ganas de hacer otra, pero cuando me ponía a hacer esa otra, comprobaba que tampoco tenía ganas de hacerlo."
Dinero, Martin Amis
Los tiempos inasesinables son como un pozo sin fondo. Sin necesidad y por tanto sin miedo, y aunque eso mismo pueda acarrear la terrible consecuencia del temor por su ausencia, en general carecen de intención o motivaciones directas. Su única razón es la misma de su existencia indecible. Las cosas en ellos se pierden, se olvidan. Sin nada. Son la ventana a la espera mayor. Son grandes e inabarcables, son infinitos e inmortales y por lo mismo, vertiginosos. Son los que nadie sabe a donde van cuando van, porque están estacionados, aún en la sala de espera en la que esperamos. Y sí. Y así es fácil cuando nos olvidamos de ellos... ¿o en ellos? Su olvido es un alivio para el cobarde y para el cansado, como si fuera posible olvidar nuestro nombre de una realidad a otra, cosa inaudita para la transformación del ritual por el que existen, que así se animará a afirmar que no hemos logrado nada... nada. Absolutamente nada.
La espera/el olvido.
Estos tiempos están llenos del vértigo del campo desolado. Son tan inasesinables como muertos. ¿A dónde van cuando existen silenciosos? ¿a dónde las cosas que antes habitaban su longitud sin posible medida como maestras vivas de lo esperado y por esperar? ¿A dónde lo que se olvida? Queda sólo intentar matarlos con rituales inútiles, intentar caminar rápidamente al andar, para sólo dar la sensación de algo. Porque no caminan ellos. Porque sólo se transforman, si de repente quisieran. Porque su muerte inasesinable es algo de lo que jamás serán despojados, existentes desde lejos, son plenamente incompartibles, no acordados con una sala de espera personal que por demás, es la única.
La espera/el olvido.
Estos tiempos están llenos del vértigo del campo desolado. Son tan inasesinables como muertos. ¿A dónde van cuando existen silenciosos? ¿a dónde las cosas que antes habitaban su longitud sin posible medida como maestras vivas de lo esperado y por esperar? ¿A dónde lo que se olvida? Queda sólo intentar matarlos con rituales inútiles, intentar caminar rápidamente al andar, para sólo dar la sensación de algo. Porque no caminan ellos. Porque sólo se transforman, si de repente quisieran. Porque su muerte inasesinable es algo de lo que jamás serán despojados, existentes desde lejos, son plenamente incompartibles, no acordados con una sala de espera personal que por demás, es la única.
"Los suspiros son aire y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar; dime, mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes a donde va?"
Bécquer.
lamusique: Prescilla, Bat for lashes.
lamusique: Prescilla, Bat for lashes.
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