Thursday, August 26, 2010

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De repente parece entonces que hablas. Que quieres hablar todo lo que has dejado de decir por sentirte incapaz. Has reconocido que tu silencio no ha sido sólo el silencio del mundo, sino que también ha estado en desacuerdo con el mundo. Quisiste y debiste callar para evitar las demasiadas palabras y el exceso que te dejó exhausta. Fue la saturación, fue un vacío y una nada muy específica de la que no podrías haber encontrado en su momento un sentido porque era cambio, ¿cómo funciona eso?
Ahora tu miedo al cambio y al olvido te hacen entender el surgimiento de nuevas palabras como todas aquellas que se perdieron en un pasado. Te gustaría que así no fuera. Te gustaría que tu silencio hubiera logrado desprenderse y encontrar sentido de otra forma. Ahora sientes que no has cambiado tanto como hubieras querido, que aunque fuiste huérfana de tus prejuicios no sabes distinguir si los perdiste o si sólo quisiste perderte dentro de alguien más. Las dos. Ahora quieres algo. ¿Quieres "recuperar" algo? reconoces las diferencias entre él y tú, y entre él y tú. Entre ellos. Y tú. Sigues pensando en eso. Ves cómo él ahora te reconforta. Ves cómo él antes te preguntaba. En tu cabeza. En su existencia. Su existencia te preguntaba algo. No sabes cuál escoger. No sabes si debes escoger. No quieres recuperarte. Demian habla del estigma de aquellos que son capaces de lanzarse al vacío, de adaptarse, de aquellos que a diferencia de quienes buscan asilo en la permanencia, estarán solos, caminando hacia su destino. No quieres esa comodidad. No quieres confundir tu estigma con el de otros.
Ahora hablas. Te fuiste de casa y sigues ahí. Cuando escribes un mail, dices, "no vivo acá" y luego lo notas. Llevas acá casi seis meses. No vives acá. Tu cuerpo ha procreado acá y no vives acá. Tu cuerpo lucha por tomar consistencia. Tu cuerpo habla en psicoanálisis y no lo considera una casualidad. Demian no cree en casualidades. Cuando lo leíste, resucitaste algo perdido, esa fuerza, esa idea poderosa que encuentra sentido en el deseo y sus configuraciones extrañas, en algo tal vez metafísico. ¿Habrá sido el sentido perdido que con él sabía a libertad? También sabía a orfandad. A veces lo admiras, no su violencia, su ímpetu y coraje de abandonar algo. Aún no sabes si es digno de admiración, aún no sabes cuánto le costó. Tal vez nunca.
Dudas de si no tienes otra forma de hacer las cosas. Esa en la que debes leer y subrayar y luego anotar para lograr escribir. Primero captar códigos, luego generar alguna cosa. Alguna cosa. No viniste sólo para descansar de tu mente sobrepoblada y darles espacio a sus habitantes. No fue para saber por fin cómo hacer del censo a los habitantes de tus decisiones algo más cómodo. Encontrar una similitud y verte seducida y atravesada por ese personaje tan similar a lo que habías buscado te hace creer que recuperas algo. Te hace poner en riña los tiempos, el del silencio, el de la transformación, y ese en el que aún sentías fuerza y admiración por algo superior, sin referirte al dios que perdiste. Por alguna razón encuentras algo en Demian, por alguna razón algo de él cala más fuerte desde siempre. La forma en la que Demian te resucita.
También dudas de tu duda. De esa insistencia para invalidar los pasos que das. Pero ya no crees. El "ya no crees" se ha convertido en un "volviste a creer", pero tu mente se ha visto habitada de nuevo, con mayores excusas, con las de la construcción de una vida, que a veces parecieran siempre caer en genéricos. Como si lo bueno y lo malo fueran el bien y el mal. Sufres porque hablar siempre ha implicado un error. Un exceso. Ahora crees que necesitas recuperar una fuerza para hablar de nuevo, para darle la razón a Spinoza y darle vida a las potencias. Por eso escribes de nuevo. También por necesidad. Volvió la necesidad. Pero vuelves a habitarte por el deber al otro, incluso por el algo superior, por esa misma dignidad a la que le asocias un carácter, porque ha sido lo que te ha resucitado alguna cosa. No quieres excusarte por decir lo que piensas y decirlo en aquellos términos en los que la comodidad no tiene espacio. Quieres encontrar un lugar en el que eso exista sin romperte. Quieres liberarte de la culpa y la decencia. Quieres verte comprendida. Quieres la fuerza de aquello que le da sentido a Demian pero también la pregunta que lo libera. Para ti, según tu historia, son contrarias. No quieres el destino solitario del filósofo aun cuando lo sientes enraizado en algún lugar de ti. Tu cuerpo se compone de otros. Pero no quieres habitarte por estigmas ajenos. Llevas en ti el signo de algo que deseas superior y que será lo único por lo que vivir, un hambre, una seducción específica, un hombre que silencioso sabe observar a otro y no tener miedo. Quieres tu voz sin ingenuidad, quisieras no creer demasiado en el yo, nadie que admiras lo admite. Quisieras dejar de creer en eso. Quisieras transgredir, quisieras que tu silencio pudiera ser un triunfo, una diferencia, y no un tiempo para callar la incongruencia y volver a las grietas luego.
Quieres saber qué fue lo que viste. Y verlo otra vez. Quieres hacer algo de esta ciudad, de Buenos Aires. Quieres escribir en los mails que vives acá, mientras vivas acá. Quieres claridad y sientes odio por tu objeto de la nada. ¿Fue él el de la libertad? ¿es acaso sensato oponerlo a otro tan predeciblemente diferente? ¿y callar? ¿y sentirte una ama de casa potencial, con miedo y preferencia por la permanencia? Esa neutralidad que encuentras en el estudiar algo, ir a una universidad y llenar el tiempo con un hacer sólo por callar el vacío, que tiene su objeto, específico, pero desdibujado. No puedes llenar el tiempo con un hacer en el que reconoces ganancia pero que comprende tanta confusión. No quieres seguir negándote al movimiento. No quieres seguir creyendo que el movimiento es sólo hacer eso que todos hacen. Trabajar o estudiar. Quieres leer lo que como Demian te da sentido. Quieres más que eso también.
No sabes aún si deseas, en esa universidad en la que llenarías el tiempo con un hacer, callar el vacío, ni su objeto, tan específico aún cuando está tan desdibujado. ¿Por eso viniste? No quieres empezar en otro lugar del todo. No sabrías por qué lo haces. No aún. Sabes que te niegas. Sabes que necesitas empezar. ¿O no? Quieres resolverte y te quedas inmóvil. Sigues sin entender. No quieres volver, estrictamente y con ímpetu sólo si se trata de nubes grises y buses demasiado llenos.
Pero quieres dejarlo de lado. Quieres encontrar un hacer que no te den tus padres ni tu familia, ni la gente que ves en la calle con traje de oficina y con una vida, hecha, funcional. No quieres un tiempo vacío, vacío, silencioso sólo por estar en desacuerdo con el mundo, quieres un silencio que sea el mundo mismo, si es que te llega. No quieres la culpa por enfrentarte a tu roommate por unos platos sucios. Quieres dejar de temer. No quieres agredir con palabras. Ya no reconoces si hablar y decir lo que deseas, en desacuerdo con las neurosis de otro, es una guerra. Quieres tener las palabras adecuadas y le pedirías al mundo menos ruido, la posibilidad de generar menor ruido. Sin excusarte. No quieres amenazar con el volumen de tu voz, o dar la espalda. No quieres insensatez ni violencia.
Quieres seguir escribiendo, pero se hace tarde, y él te espera en tu cama. Sientes la espera. Quieres un punto y aún no lo tienes. Quieres hablar.


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Sunday, August 15, 2010


Bolinha de papel no estomago

En días así extraño nuestra posibilidad de la escritura, porque todavía creo que algo podría explicar, acá en donde los cuerpos no saben hablar, aunque crea más en lo contrario. Pero también la padezco, sufro lo que nos hizo, la prolongación eterna hasta el infinito, hasta hoy, que no permite confiar en lo más orgánico. En el dolor físico, en los nudos en la garganta. Ese espasmo lo tengo hoy y no sé en qué creer. Ese espasmo en el estómago que (no) predice si algo se repite.
Porque este miedo es una de esas incertidumbres por las que desearíamos creer para poder suplicar y así volver a pertenecer. Darle existencia a algo superior. Pero no. Este es un conocido, que nos deja solos, ese espasmo que se repele sin constatar un rechazo... de cualquier forma, ¿cuándo se constatan esas cosas? siempre tarde. Contigo sigo tratando de adelantarme, con mayor cautela, pero mi cuerpo no quiere excusarse más, por simple historia. Quién entiende. Algo se rompió. Y tengo la mala costumbre de adelantarme, de evitarlo mal, de creer que las palabras ágiles y firmes y casi amenazantes poseen coraje y guardarán el cuerpo cuando son más bien el reemplazo de aquellas eternas suplicas a unas divinidades tan ausentes; el sometimiento más triste, la revolución más desesperada. Dime que no es así, porque yo lo afirmaré, sin pensarlo, dímelo rápido.
Carecen de utilidad. Es sólo el presentimiento insoportable del abandono, de la incomunicación, de aquella por la que poco se puede hacer cuando los signos se presentan, ahora en un cuerpo que cambia, que se habita por algo nuevo, por otro, literal, y ya no sabe más sino lo que suplica y atraviesa. Tal vez esto no es suficiente. O tal vez no lo sea nunca. Hay una distinción.
Quiero evitar soportar. Se necesita una revolución que no aguante por otro, que no tolere cristianamente, que se haga digna de su fuerza y pida lo que necesita, que lo sepa, que lo puedas saber. Cómo me gustaría no disculparme más y que el mundo se sienta a mi medida. O como esa anestesia, la última, la que le siguió al analgésico y no la que me hizo caer al piso por sólo tratar de moverme al baño.
Nos seguimos adelantando porque no terminamos de reconocer lo que tuvimos que haber aprendido. No sabemos si podríamos protegernos de estos dolores, confiamos en que se hayan guardado en el cuerpo y que él lo sepa. Y que cuando lo sepa, no duela. Pero es un contrasentido. Y por demás, mi deseo no siempre se asocia con mi deseo. Mientras tanto, todo esto, ¿a qué se le adjudica?¿ a tu torpeza? ¿a mis hormonas? ¿a la memoria miedosa del espasmo? ¿a la alarma acertada del espasmo? no es puramente corporal, es simbólico. Se siente por todo el cuerpo el vacío y lo químico de todo este asunto es fundamentalmente algo dentro de la biología femenina pero no es sólo eso, y no aquello que interpretado como tal, "ya pasará", como creyendo que se va a ir, como si nunca hubiera estado. Cómo explicar algo tan animal y tan humano. Me hace preguntar, sin hacerte responsable, y sólo pensando en la transición y transmutación y transporte de afectos y valores, ¿quién abandonó a quién en todo este juego de desplazamiento orgánico?
Yo sufro porque he abandonado algo que entonces me abandona a mí, algo que se sentía como una presencia nueva, nuestra, materialmente nuestra dentro de mi cuerpo. Ha abandonado mi cuerpo. Nos abandonamos, ella y yo, y en algún lugar entonces estarías tú. Sin saber, sin sentir, sin nada. Y eso duele. Y se siente, y me agarro fuerte, y te pido más, tanto porque mi mayor memoria de dolor es justo la del abandono. Y ahora reconocer tu cansancio.

Te abrazo fuerte sin poder saber.
A caminar.

suena: Scott Walker diciendo "...for silence and for language to emerge..." en isat.

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Sólo el pensamiento vivido vale. Eso dice Demian, Hermann, y ahora yo. Y yo cierro el libro y miro por la ventana con ese dolor de cabeza leve, el de la mañana, el de haber madrugado (cualquier cosa) un sábado, a clase, la primera, para ver que todo está cerrado, que no hay locutorios, ni kioskos, que la vida que está afuera está pasiva, que hoy no me ayuda, que hoy está fría, que hoy hay silencio, que quiere ayudarme, que quiere esperarme, darme tiempo, pasar.
El sábado pasó su tarde por mis ojos ya sin el afán de encontrar esa idea, esa que ya me calentó como tres o cuatro cerradas de libro el pecho, como cuando todo por fin tiene sentido aunque nada funcione, aunque se sepa que ha sido sólo a punta de movimientos que nos sorprenden, que no hablan de nuestra habilidad para la contingencia, que nos evita otra vez pensar la quietud como otra ficción porque una vez que se ha asimilado debe quedar en pausa, como en todos los silencios del mundo.
Ese calor que alguien alguna vez me decía que sentía, y yo le respondía deseando entender, le respondía que sí, que lo sentí también, como si las palabras pudieran generármelo, pero estaba en mi cabeza, el calor, no en mi pecho, no como Hermann.
También habla de lo ancestral, de las categorías, de la ingenuidad con la que sólo intuímos y nos aparecemos frente a esos seres eternos, que llevan esa mirada que sólo podría tener un animal, y lleva por dentro todo lo que alcancé a tener y deseé perder. Cuánta pretensión, cuánta solemnidad, cuánta sinceridad, cuánta cosa sublime.
Definitivamente pensar más de lo que se puede decir es lo mismo que hablar demasiado. Llevo en mi cuerpo la marca de una adolescente que sangra, pero nuestra diferencia es que ella podría esconderse más fácil que yo, ella necesita creer que es una mujer. Yo ya lo comprobé, aunque no lo soporte como discurso, a veces tan "femenino", ya lo sabía, pero en mi cuerpo sólo queda algo inefable, una pérdida inevitable de lo que intentó ser una gestación y debió evitarse.
Sólo camino mi cuerpo el sábado queriendo poder nombrar.



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Friday, August 06, 2010



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Des(encanta)miento





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