Saturday, March 26, 2011





Que nada nunca hizo llover igual. La pantalla lluviosa del inbox, graficada perfecta. Llueve en el correo. Me hace creer que estoy de vuelta en mi casa, cuando llovía, cuando se desgarraba el cerro pero estábamos juntos, adentro. Juntos. Pienso en mi confusión, cuando lloro tanto, que confundo el llanto con el inicio de un estornudo. Como hoy. Todo. Mi papá. Mi mamá. Su cuerpo. Sus cuerpos. Uno ausente. Mutilados los dos. El mío. El ausente. Mi. Luego yo. And Just Like That, and just like that, never ever did anything do. Serán todas las imágenes juntas de todos los hombres en mí, de todos los hombres, de las mujeres y todos, de la vecina que se teñía el pelo de rosa, con su french pooddle y su chaqueta morada de satín de los Yankees o los Lakers, recogiendo basura por todo Belgrano, porque sí. La forma de decirme "hola muchachita" del enorme enorme verdulero, que bien podía ser un carnicero, pero que con amabilidad agarró siempre una buena patata, grande, amable para la muchachita, haciendo cálculos con una máquina vieja, parado siempre, entre su camisa de cuadros roja y verde siempre, entre el chaleco de lana color pino, nunca sin. El día que lo vi comer en el parque cerca de la casa, solo, enorme, en una banca, de su plato de icopor. Al frente sentada yo, a lo lejos, entre las palomas y un humilde calor en la luz a finales de invierno. En granito. Muchachita. El sol, el sol, el sol que no nos calentó por mucho tiempo. El sol rosa. Quise despedirme de todos. Quise despedirme de mi papá, quise despedirme. Quise despedirme de tantas cosas y de tantos hombres. Aún en parte creo en la ineficacia de decir adiós. El sol rosa es la despedida y la presencia de todos. El verdulero, el del subte, equivocado, su primer día. El parapléjico que no quise mirar en la estación A. La mamá, que lo llevaba y se veía tan cansada. Hermann Hesse y Demian. Mi papá. Mi mamá y su feminidad. Ella cuando confunde las caras que sudan con las que lloran en el celular y me las envía sin saber. Ella. Y mi montaña con la que ya no sueño. Heidi. Tú. Y tú. Nunca nada ha llovido así. El correo, sin novedades, sigue lloviendo. Lo que voy a publicar en la ciudad del verdulero. Lo que se nos escapa.

Habrá algo, decía ella, que hace que así sea, que nada más sea, que llueva, y en su voz insiste que es algo específico. Que las dudas y los estornudos que dudan también hablan solos.

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