Wednesday, April 20, 2011


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Pensé que voy a estar como una bola de manteca para cuando llegue. Siempre me acuerdo de la bola de manteca porque tenía una película de los chipmunks cuando era chiquita en la que Teodoro no podía parar de comer cous cous y cuando estaban cerca a morir colgados de un puente le decían que por comer tanto cous cous parecía una bola de manteca y se iban a morir por su culpa. La bola de manteca nunca comió cous cous en la película y realmente siempre los perseguían cuando se iba a comer su plato de cous cous en un lugar que parecía una ciudad en Portugal pero era Paris. Sufría mucho y siempre me pareció muy refinado tanto su antojo como el insulto. Refinado para mi edad porque no sabía qué era el cous cous y me parecían unas bonitas palabras. Mi primera idea de refinamiento. Mi segunda idea de refinamiento fue el insulto, me pareció maravilloso cómo utilizar bola de manteca de una forma tan diferente a como la habría imaginado u organizado. Eran palabras nuevas y además eran bonitas. Diré por siempre bola de manteca, pensé. Y tal vez todo esto fue causante de mi gusto por las palabras nuevas y seguramente de la posibilidad de insultar con ellas. Terrible esto último. Hermoso devenir aquello. Le pregunté a mi mamá más tarde, mucho más tarde, qué era el cous cous, porque lo había guardado para mí y quería que siguiera siendo como el mantecado, como la comida que comen los personajes ficticios, que nunca parece de verdad ni suena de verdad. Como una traducción. La comida traducida es como una voz traducida, extraña y absolutamente ficticia, con algún vínculo extraño con la realidad que no termina de convencernos ni de sus razones para ser tan extraña. Las voces, las expresiones, pero sobre todo, la naturalidad en la falta de naturalidad que se atraviesa. ¿Se suponía que el mantecado era helado? Todo era nuevo y no tenía esperanzas de que fuera natural alguna vez, aún. Quería actuarlas. No conocía la naturalidad mejor que la conozco ahora, pero reconocía la novedad extraña y diferente de la mía y la deseaba, porque debía haber más de donde venía todo ese teatro que hiciera que todo se expandiera y pudiera ser más que un nombre convencional para lo que decía. Así fue como me guardé el mantecado y el cous cous en mi stock personal de palabras y cosas bonitas, frases pequeñas resonantes y maravillosas que nunca dejaron de serlo. Mucho más tarde supe que sí había probado el cous cous, en Paris, mucho antes y que no podría recordarlo. Que me había gustado como a Teodoro.

{Yo quiero hablar de mantecados y por mantecados todos los días de mi vida. Qué raro que se siente últimamente la insistencia visual de lo común, esto de que tal vez todos seamos iguales y que nos gusten las mismas cosas y que nos sorprendamos por lo mismo, y que nuestros Tumblrs estén llenos de las mismas imágenes. Qué terrible es la naturalización de lo performativo y de lo común. Será una neurosis pero qué terrible es la naturalización de nuestros placeres y de lo que aprendimos y entonces, también de nuestra singularidad. Todo quisiera ser de todos y lo desagradable es que parece ser, en su presentación del todos, una afección genérica y atravesada de la misma manera. ¿Residirá en algún lugar de la imagen la diferencia?}

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