Impuntuales Las horas
Y de nuevo, la tipografía de los espacios, el espacio y los contenedores.
Contenidas, aún siendo derramadas por la permisiva ausencia del ausente
al saberse tardías, peor, vertiginosas autistas sin testigos
¿Es acaso todo una paradoja?
Las flores, el desencanto, la muerte, los gestos, no sólo estratégicos de uno y otro y otro personaje, que logran coincidir en complejos similares, sino que repentinamente parecen desatarlo todo siendo la nada, la misma nada que los vacía en cuartos de hotel o en paseos temerariamente básicos, simples, sencillos; poco temerarios, en realidad; y a la vez, caminándose hacia el todo, hacia la catarsis, hacia la lluvia de unos gritos que ya no tienen relevancia sobre los desencuentros silenciados con respecto a un otro. A cualquiera. Casi.
Entre ingenuidades, genialidades, juicios y silencios, se encuentran encerrados sus abandonos, sus imposibilidades y entonces, las similitudes, separadas por las distancias tan irrevocables a sus cuerpos en desencuentros que dicen: Qué poco amor hay en el mundo; y me convierten en el único observador atento, que lo sabe todo y no puede decir nada, que también quisiera gritarles y atarlos tanto como la historia logra coserlos pero esta vez sin dolor. Pero es inevitable lo inevitable y luego tres, porque sólo en la inevitabilidad se hace posible la comprensión, porque es la inevitabilidad la que inevitable me asocia, y sólo así la posibilidad de darse al drama los múltiples, sin ningún tipo de condescendencia.
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