Sunday, February 26, 2012



“Hace años, en la época de los grandes trasatlánticos, de los grandes hipódromos, de los grandes casinos, los hombres inventaron los balnearios. Fue una idea alucinada y festiva. Una idea inocente. Creían que el paraíso era algo posible, inmediato y fácil. Tomaban una franja de la costa marina y la llenaban de palacios, ramblas y palmeras, para después desvestirse y pasar horas y horas en el agua y en el sol. Los balnearios surgieron como un juego, los inventó un siglo que todavía jugaba, que todavía era un niño. Es por eso que pensar en los balnearios es siempre pensar en la infancia. En la infancia del siglo, en la infancia del país y también en la propia, en la felicidad simple y diáfana, en tiempos que evocamos como exaltados y brillantes. Son el lugar de las cosas pasadas, de las cosas buenas. Son probablemente algo triste. Y lo más extraño es que en los balnearios todo es alegre. Los balnearios nacen de algo antiguo y profundo, casi animado, nacen del placer del agua. Por nadar, zambullirse o flotar. Por explorarla y celebrarla. Por hacerla de ella una fiesta. Es como el fuego, la velocidad o como la música. Algo primario, algo primitivo. Y en la esencia de los balnearios resiste aún esa cosa animal, son lugares hechos para estar cerca del agua.” 

Mariano Llinás, Balnearios

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