Pedí que cuando fuera el momento, y ellas terminaran, me dejaran a mí estar sola. Estaba lloviendo. Había dicho que quería llevar flores blancas. Mi mamá insistió en sugerirme varios ramos mientras caminábamos cerca al cementerio. La paré más de una vez. Como una adolescente herida le dije que me dejara escogerlas a mí, solo a mí, que eran mías. Que se encargara de sus cosas y yo de las mías.
Esperaba mojándome por fuera de las sombrillas. Me sorprendió ver tantos nombres, uno encima de otro. La tumba de su hijo está justo bajo la suya. La de su mamá encima. Y creo que la de su papá está en la base. O la de otra mujer más abajo. Pensé si me enterrarían a mí también ahí. Por lo menos está mi apellido, desde el otro lado, llamándome.
Llovía y tuve que escribir. No fue suficiente con estar ahí presente, porque pasaron años, muchos años, y dejé a la niña de 14 años allá, también, esperándome para darle alguna respuesta. Preguntándome si algo ha cambiado durante todo este tiempo, preguntándome si por fin puedo recogerla y traerla a casa. Ya sola, la vi ahí parada, delante mío y frente a la tumba, sin saber qué hacer. Ella también estaba sola. No sabía nada, no mucho más de lo que ahora yo sé. La distancia del tiempo es una ficción necesaria, tal vez. El cambio fundamental, seguramente, es que ahora soy capaz de dar abrazos. Soy capaz de abrazarlo a él y a ella. A nosotros. Así se quiten de mi lado, así no se dejen, puedo saber porqué, puedo resistirme a su resistencia y obligarnos. Me gustaría habernos traído más novedades fundamentales.
Mientras se borraba la tinta como en una película escribí en el sobrante de una fotocopia sacada de un libro de cristales. Escribí que, si algo de él era viento, quería que fuera parte de mi fuerza. El cielo se despejó. Una bonita coincidencia.
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