"Soy menhir vahopavor"
I. Tengo tanto para enfocar en otra cosa que no sea este fetichismo por lo que aún son apenas escenas, imágenes. En primer lugar podría enfocarme en crear algo. Un poema, unas palabras dulces, crispeantes, sonoras y atrevidas. Podría dejarme ir. Pero ya veo que de a poco me abrumo por este fetichismo que apenas se construye casi como una operación estética del viento, que propone repentinamente una escena hermosa de cotidianidad impensada en la mitad de la vida, cinemática. Me gusta no programar la vida. Las hojas cayendo. Pero su carga poética vive de contingencias que, a ratos sin una voz, parecen sencillamente desaparecer para siempre, hasta nunca, desde siempre. Estas imágenes se enriquecerían al tener un marco, una organización, un itinerario, pero este "deberían", "deberían", "deberían" también les quita el aire. Tanta discusión amarra la lengua: "carne quirúrgica", "lengua violenta", "fría", "ascética". Tal vez hacer películas. Tal vez guardar en el tiempo, en la escritura, la memoria y la invención. Tal vez insistir en esas sensibilidades participando sin proyectar al mundo sólo para mí esa difícil incapacidad de división que habita entre los objetos y yo.
II. Pensé el punto I después que el II. Pero es mejor terminar con este II que con su neurosis limitante. He aquí la sangre y las vísceras. Siento sed y placer cuando aprehendo y agarro palabras que son objetos, se hacen por fin cómplices, no nuevos, sino descubiertos, como magia. Me agradan y me dan vida, las leo o me las invento y así existen en mi mundo desde siempre:
Zumo gladiolar
Olas blancas
Miel o aire de naranjas frescas
El sol: limonada del día
III. Miedo miel. Hace poco me lavaste la cara con miel. El agua la disolvía y me caía en los labios, dulces. Tengo miedo. Todos los días fallo en olvidar esta nueva invención peligrosa. Mi planta, la de las flores rosadas, está ahora en el borde de mi ventana y es tan grande que es imposible de ignorar. Es el recordatorio de algo vital, fugaz, efímero, incierto. No quiero dolor pero prefiero que frote hasta arder y no que no toque, que no duela, que no arda entre los dedos del ácido placer. La verdad es que tal vez duele precisamente porque no arde. Porque sé que a ratos, ya separados, juego con palabras, nada más.
IV. El limón y la sal. Ayer alguien me decía que lo importante es dejar vivir al deseo. Habiendo aprendido con los años a vivir su fugacidad y a dejar morir cuando se apaga. Le di la razón con temor, pero le dije con las tripas: "El deseo es vitalidad". Nada en mí puede rendirse a la muerte antes de la muerte. Mi amigo me confesó que recordaba ese disco de Julieta que me dieron una vez y que era testigo directo de que hace años me amaron profundamente. Alegrías tuve para dar, no creas que siempre fui así, parecía una canción posterior espejo de la vida y en el orden de los discos. Otros serán testigos de que pude haberla cantado. Ya está bien. Habito las carencias con el placer de sentirme completa todavía, luego de los años todo cobra sentido de repente. Asumo el margen de ignorancia para siempre, sin pena. Con la gloria de habernos visto crecer, en algo. Me reconcilio con lo inevitable, con lo que nunca tuvo una explicación. Me he curado en la distancia, ya no puedo negar la vida. Era mi reflejo, ¿qué fue lo que (hizo que) en mí devino tanta poesía?
VI. Flores blancas y turmalinas negras. Mañana vamos a la tumba de mi papá. Turmalinas al desayuno, itinerarios anacrónicos. Ya dormiremos juntos, eventualmente, en una larga noche. Le llevaré flores.
VII. La poesía: "Erótica es la lengua que lasciva lame, infringe y fricciona el verbo dentífrico. Se estira, tira del frenillo que no logra del todo frenarla, refrenarla y cortajea sus escamas, sus filamentos ágiles, hilos delgados que pueden siempre alargarse más, un poco más, un poco más.
Si la lengua no es erótica pero su materia sí, ¡qué violencia! Esa sí que duele. Porque una lengua seca que habla de lascivia ejerce a contrapelo su contraste y vuelve su materia carne putrefacta, carne que no duele, ni lastima, ni siente suerte alguna de placer. Es carne quirúrgica, cortada con lenguas de tijera. Y sobre un asfalto sin afán está tendida, sin arder, sin calor, sin moverse.
La lengua podrá cortajearse en su búsqueda violenta de placer, pero seguirá la senda del goce, si palpa. Sin embargo, un ascético lenguaje no puede tocar el placer de la carne ni tampoco su dolor. Esa frígida verborragia que utiliza la materia erótica como un experimento, esa sí que duele, tan instrumental.
Entre el placer y el dolor, en las aristas, en los bordes, surfea la lengua ambigua, coqueteando con los lados que se tocan para ser. Poética y escurridiza, objeto de deseo, pura tentación, huye para que tras ella corramos deletreando cada sílaba, líquida, cada letra en el papel que se dilata. Palabra ungüento que fricciona la piel y las heridas, que dibuja cicatrices en su flameante, en su intrépido viaje por los poros, receptivos y calientes.
Pero una lengua fría que no palpa, que no toca, que analiza y determina, es violenta, no se atiene a su materia, contra ella acciona, de su tentación se guarda y es así como lastima. Lastima sin un ápice de amor. Prefiero el dolor estrellado, prefiero puntas de metal latente que lentamente hincan sus colmillos en la sangre. Prefiero que frote hasta arder y no que no toque, que no duela, que no arda entre los dedos del ácido placer ." (Gabriela Bejerman, texto leído en la Feria del libro de Buenos Aires el 1 de mayo de 2012 en el diálogo de escritores latinoamericanos acerca de "Violencia y erotismo", moderado por Daniel Link.)
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