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Dicen últimamente que mi umbral de tolerancia a lo perturbador ha cambiado y me he vuelto más resistente a las palabras, a decir aquello que retumba cuando se pronuncia. Contigo he aprendido eso, de a poco, algo de valentía en el nombrar. No como deseo, no como esperaba, diferente. Y a estas entiendo de qué luchas eres ahora tú mi objeto. Hablar. Ya no lo inombrable, ya no de lo inefable.
He luchado desde siempre por saber nombrar. Quería defenderme, invocar a Saul Williams desde chica. No tener miedo, luchar. En esa época tuve la impresión de que había malgastado mis fuerzas, que sencillamente había estado en un lugar equivocado. Que el mundo era otro y no ese que había visto antes. Que simplemente era un problema mal formulado por falta de referencias, de palabras, por excesos ajenos, por faltas propias. Me había sometido. Se lo atribuí al lenguaje. Lo justifiqué y lo sentí en el lenguaje, eso de que de todos esos lugares no había sido ninguno mi lugar. Y aún así había aguantado, había sido, existido, algo paralelo, algo que no era yo. No tenía nada que perder. Pude tomar distancia. Pude perder la decencia y la rabia.
No era necesario nombrarlo todo. No era posible. No lo es. Pero nunca antes tuve tanto de qué defenderme como de él. De repente no dejaba nombrarse más. De repente llegó con nombres nuevos, formas de explicación, de justificación que ya no permitían ser nombrados sino por él. No fue suficiente con parar en la diferencia. No fue suficiente con hacerla notar, no fue suficiente con buscar y repetir e insistir millones de veces hasta buscarme de nuevo e insistir, sólo para hacerla notar y repetir. Siempre fue así. Recordando, no me genera ya un impulso determinante y convencido de sí mismo, de que, si miro bien, ya sucedió antes, ya me digo ahora: no debí, y de que puedo entonces tomar fuerza y asumir que esto ya no me incumbe. Me llenaba de satisfacción ver cómo regresaba una y otra vez su tontería, me llenaba de ilusión por una comprensión mayor. Ya no. Siempre hablamos demasiado.
A pesar de todo, puede ser ficticio, pero parece que puedo diferenciar ese exceso de palabras, de su falta presente. Ahora pareciera nunca haberse ido aquello por lo que luché desde siempre. Una forma de dignificación de la existencia que tal vez necesita con urgencia de palabras nuevas. Sí puede nombrarse. No sé si puede llamarse una defensa, porque ya no confío en aquellos atributos de bachiller mediano. Pero, por ejemplo, se hace sorprendente cómo la defensa, en las manos equivocadas, puede ser una justificación en sí misma para la exigencia de su total contrario. Hoy digo, no nos defendemos de cualquier cosa, baby. Pensé que era muy poco refinada. Que esas sensibilidades antes tan finas se mostraron rancias y ramplonas, desatables con tan sólo media duda, acosadas por angustias neuróticas y psicóticas. Como fuera, establezco hoy que lo que faltan fueron siempre palabras. No dejarán de hacer falta. Pero su falta no tendría porqué haberse aprovechado insensatamente. Sigo siendo la misma, tal vez, con las mismas costumbres de revisar y prevenir. Fatal. Pero luego de un largo, larguísimo silencio, entiendo que aún cuando volví (sin asegurarlo), el miedo a lo indecible no me invade. A ver si la decencia que perdí se valida. Acercarme a aquellas cosas que aparentemente sólo con cierta luz o mirada podían ser claras, y verlas de cerca. ¿Tengo dudas? A la enciclopedia. Si no puedo confiárselas, pensaba antes, ¿por qué hacerlo con el mundo? El mundo se me permite abstracto, cómodamente abstracto, cuando mantiene su anonimato. Me aprovecho de ello y no me enorgullezco.
He luchado contra eso durante los últimos años. La distancia cuando por fin. Cuando por fin estaba llegando. Me conquistó por saber nombrar todo aquello que yo había puesto en otros términos. Aquello a lo que me había sometido sin placer. Ahora quiero someterme a algo válido. De a pocos pierdo el pudor para hablar. No sé si me alegra mi versión del mundo en este momento. Agresivo, ridículo, aislado. Sin embargo, admiro a quienes atraviesan la piel con palabras de nuevo. Hesse, Demian, Saul Williams, Andrés Neuman. Pareciera que fuera eso lo único que guarda sentido al volver.
No quiero explicarme toda, no tengo tantas pretensiones. Sé que mi problema es el nombre, mi debilidad, como cantan, mi brillo, lo mismo que me empaña. Lo mejor de mí está demasiado cerca de todo aquello a lo que me sometí sin saber. Es un Catch 22. Todo podría ser usado en mi contra. Así se ganó la misericordia lo indecible. ¿Y así morirá? No nos confundamos de target.
Suena: Un avión, un pájaro y tú, que duermes.
1 comment:
Dignificación del mundo en lo abstracto. Bello.
Nombrarlo todo sería como querer explicar porque 2 va despúes de 1.
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