Qué difícil es estar en los zapatos del otro, con sus marcas a medida que no encajan. Incluso los zapatos nuevos, o sea los zapatos de nadie, son de otro hasta que el pie los hace propios a fuerza de roce y fuerza bruta. Es una especie de lucha muda: el pie empuja el zapato en todas direcciones, el zapato se pone firme y provoca ampollas, callos, dolores. Si es necesario se pasa al plan B: algodón mojado y lo que haga falta para doblegar de una vez al enemigo. Dos o tres o cuatro días y ya está, el cuero se moldea a nuestra forma y ahí sí podemos pisar fuerte y con paso propio. Pero antes, no. Y qué terrible es andar por la vida con paso suavecito, como con miedo y rengueando.
Cuando siento que tengo que probarme en otro rol, ser un poquito otra, me compro zapatos nuevos. Me los pongo y me siento en los zapatos de ese otro, esa otra que quiero ser. Lógicamente, estoy un poco incómoda. Trato de convencerme de que me quedan bien, de que nos vamos a moldear mutuamente, de que esa otra voy a ser yo y yo esa otra. De que la personalidad no es más dura que el cuero.
Mis zapatos se destruyen pronto: los marco, los deformo, los destiño y los arruino. Para consolarme, pienso en las doce princesas bailarinas del cuento tradicional, que todas las mañanas tiraban sus zapatitos destrozados de bailar y bailar. El problema es que mis distintos roles tampoco duran mucho. No puedo desempeñarlos sin el calzado correcto. Y a la hora de la verdad, lo único que queda en el ropero son mis viejas botas de campamento.
Marcela Basch
Exactamente. ¿No se ha visto acaso que la creación sólo nace del roce de fuerzas terriblemente dominadas y dominantes y de su inversión*? De hecho: tus zapatos sólo me queda(rá)n cuando ya mis pies no se identifiquen con su rastro, con sus pasos (no pesos) pasados, (pasos que incluso yo mismo he defendido: también existen pesos pesados en los pasos) porque ya habrán dejado de ser míos para cuando los tuyos me sirvan; por mucho, el éxito traerá unos pasos compartidos, nunca los mismos, ni en su estado de objeto de deseo, ni después. Tal vez cuando ya no valga la pena, porque ese que deseé comprender ya no comprendo cuando comprendo... ¿Podrá ser? nunca es el mismo río en el que te sumerjes cuando ya has aprendido a nadar con esas olas, y bueno, esto mataría rápidamente la idea de que no valga la pena. Sin embargo, ese pararse cómodamente sobre los zapatos nuevos ya adaptados no fue nunca realmente, en últimas, la intención del roce (y aunque parezca lo contrario). Aún a pesar de que desesperadamente se busca sentir la comodidad, lo que se quiere es pararse en esos duros cauchos, pararse en ellos. Y de ahí llega la inversión, pero la intención se intencionaba en la novedad, en la lejanía del deseo, en una vaga idea de lo que contiene el objeto deseado, y no, jamás se dirá opuesta, jamás se dirá contraria, simplemente, en otra forma. Evitando el atajo rápido al después -la mística que llegará luego con la transformación- en esta intención primera, para cuando la fuerza ya haya logrado que la forma se complemente, la forma sólo se parecerá a Forma en su nombre, tanto (o tan poco) como para que la fuerza ya no exista y tanto y tan poco como para ser el equivalente de llamarnos igual toda la vida y nunca ser los mismos.Cuando siento que tengo que probarme en otro rol, ser un poquito otra, me compro zapatos nuevos. Me los pongo y me siento en los zapatos de ese otro, esa otra que quiero ser. Lógicamente, estoy un poco incómoda. Trato de convencerme de que me quedan bien, de que nos vamos a moldear mutuamente, de que esa otra voy a ser yo y yo esa otra. De que la personalidad no es más dura que el cuero.
Mis zapatos se destruyen pronto: los marco, los deformo, los destiño y los arruino. Para consolarme, pienso en las doce princesas bailarinas del cuento tradicional, que todas las mañanas tiraban sus zapatitos destrozados de bailar y bailar. El problema es que mis distintos roles tampoco duran mucho. No puedo desempeñarlos sin el calzado correcto. Y a la hora de la verdad, lo único que queda en el ropero son mis viejas botas de campamento.
Marcela Basch
*Deseosa, visionaria si acaso, de una nueva inversión actual, gracias, público.
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